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Recuperar la geoestrategia

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En 1989, en su ensayo “The End of History?”, Francis Fukuyama teorizaba sobre como la conclusión de la Guerra Fría suponía el punto final de la evolución ideológica y la universalización del sistema liberal occidental como la forma definitiva de gobierno de la Humanidad.

En la práctica la adopción del modelo liberal y la apertura de los mercados fueron condición necesaria para que los países de la órbita soviética y otros países de los llamados entonces “no alineados”, pudieran obtener paquetes de ayuda internacional para su desarrollo durante los años 90. Las predicciones de Fukuyama parecía que se cumplían.

En paralelo, el multilateralismo adquirió una especial relevancia con la creación de la OMC en 1994 por parte de 124 países, teniendo un hito especialmente relevante con la incorporación de China en diciembre del 2001. China no adoptó el sistema político liberal occidental pero sí se sumó a la liberalización de la economía sabiendo aprovechar sus ventajas para promover un enorme progreso económico.

En 2005 Thomas L. Friedman publicó el best seller “The World Is Flat”. En él analizaba la globalización de principios de siglo y defendía la existencia de un mercado mundial con igualdad de oportunidades para las empresas, y donde las diferencias históricas, culturales o geográficas eran irrelevantes.

Si bien es cierto que el mundo no era totalmente “plano” y que el entorno político-institucional de los países no era exactamente el mismo, durante casi dos décadas y hasta la crisis económica del 2008, vivimos en un escenario internacional de apertura, con una gran estabilidad de los mercados y donde las crisis económicas y los conflictos y eran localizados. El camino para la internacionalización de las empresas se aplanaba y las condiciones para la exportación y la inversión en el exterior eran cada vez más predecibles.

La crisis financiera del 2008 generó un punto de inflexión en esta tendencia. Sus consecuencias se extendieron rápidamente por todo el planeta gracias precisamente a la globalización, pero fue en las recetas para luchar contra ella donde se empezaron a notar las diferencias políticas e incluso ideológicas entre los países.

Ante la ortodoxia financiera europea impulsada por Alemania, Estados Unidos promovía políticas económicas expansivas. Los países en desarrollo perdieron sus fuentes clásicas de financiación del sistema multilateral dominado por las economías occidentales y las sustituyeron por nuevos países prestatarios o donantes con regímenes autoritarios como China o los países del Golfo. Se empiezan a producir enormes cambios en las relaciones de poder geopolíticas: se crea el G20, los BRICS reclaman un reconocimiento de su protagonismo, Europa pierde fuerza y Estados Unidos relaja su liderazgo mundial concentrando sus esfuerzos en la recuperación interna.

Durante los años de la crisis económica, constreñidos por los acuerdos internacionales firmados en diversos tratados, los países inician un repliegue generalizado de la globalización, con medidas proteccionistas más o menos disimuladas (normativas técnicas, legislaciones fiscales enrevesadas, cláusulas “culturales”, etc.).  En el escenario político ganan posiciones posturas populistas que culpan de gran parte de los males de la crisis a lo foráneo y, en consecuencia, a la globalización.

En el 2016 se produce el referéndum del Brexit y Trump gana las elecciones. El mundo anglosajón, antaño líder de la globalización, se repliega y aparecen nuevos abanderados como China o Alemania, evidentemente interesados por la fuerza de su industria exportadora.

Es evidente que el mundo actual no es ni mucho menos el mundo plano del que nos hablaba Friedman a principios de siglo. Actualmente, y liderados por los Estados Unidos, los países han roto tabús como la subida de aranceles, y no hay día en que una noticia de cualquier parte del mundo no nos sobresalte y haga cambiar las previsiones de las empresas internacionalizadas.

Al repliegue anglosajón se suma la pérdida de poder en el escenario internacional de las economías de Occidente. China está haciendo una fuerte apuesta para recuperar su papel central en el mundo y Rusia también reclama su protagonismo perdido. El “nuevo orden mundial” del que habló George H.W. Bush al inicio de la guerra con Irak está cada vez más desordenado y es cada vez menos liberal.

En este escenario las condiciones para la exportación y la inversión en el exterior se hacen menos predecibles, y están altamente sujetas a las situaciones políticas de los países. Tres semanas antes de la victoria de Trump, Sam Palmisano, ex Presidente de IBM, escribía el artículo “The Global Entreprise. Where to Now?” en Foreign Affairs. En él decía que hoy en día los máximos responsables de las empresas deben estar especialmente atentos a los vertiginosos y constantes cambios en dos ámbitos: la geoestrategia y la tecnología.

Así, además de la digitalización, que se ha convertido en el elemento fundamental para la aceleración del cambio tecnológico, y está presente en todos los ámbitos de la empresa, las empresas hoy en día deben dedicar esfuerzos para mantenerse permanentemente actualizados sobre los cambios geopolíticos que se producen en el mundo.

Establecer estrategias a medio-largo plazo en este escenario es imposible, con lo que la elaboración de escenarios geoestratégicos con la ayuda de la prospectiva se hace imprescindible para seguir aprovechando las oportunidades que siguen ofreciendo los mercados internacionales. Las empresas que mejor combinen el cambio tecnológico con el acierto en estos escenarios serán las que mayores éxitos obtendrán.

 

Diego Guri
Subdirector General
amec

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